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La publicidad como principio, ¿y también como fin?

marzo 8, 2009

Vivimos en la era de la publicidad. Aunque no se pueda hablar de publicidad y éxito como sinónimos, sí es cierto que, en muchos casos, una buena estrategia publicitaria asegura buenos resultados en la promoción de diversos organismos, instituciones, que van desde un partido político hasta una banda de música, pasando por una empresa de alimentación o de coches.

Todo se compra y todo se vende: materia y no materia, artículos de todo tipo, sensaciones, experiencias, rumores y detalles íntimos. Tal y como muestra la realidad cotidiana de los medios, todo parece tener un precio.

 

En el concreto ámbito de la red, la publicidad ha jugado un papel de gran importancia que ha ido creciendo con el paso de los años, años que no son muchos, por otra parte. Lo que hace pensar que asistimos a un fenómeno que va en imparable aumento y que producirá grandes éxitos de lo más inesperados, que abaratará los costes de promoción y que, asimismo, multiplicará la competitividad de los que buscan vender una idea, un producto, una historia o una canción. Internet es una herramienta óptima para los que buscan promoción a escala internacional o local, para los que quieren expandirse, buscando nuevos públicos.

Es verdad que no todo el mundo dispone aún de ordenador, y que subir contenidos propios y, especialmente, en el ámbito de las artes y la investigación, puede suponer numerosas controversias y problemas de tipo legal debido a los polémicos derechos de autor. Sin embargo, no restringir la información es precisamente la manera de ser visible en Internet.

Si dejamos que la gente descargue nuestro corto, nuestra serie, nuestra canción, no estaremos obteniendo beneficios a corto plazo, pero estaremos abriendo las puertas al mercado de la red, optanto por una forma de publicidad gratuita con amplias posibilidades.

En cualquier caso, los derechos de autor no deberían generar controversia fuera de los límites establecidos por la ley, si bien es cierto que muchos artistas necesitan de mayores protecciones legales contra aquellos que pretenden lucrarse a través de la distribución de productos que deberían haber adquirido, en un principio, para su simple y exclusivo disfrute personal.

 Es decir, por poner un ejemplo, si te descargas una película desde tu ordenador, no estás cometiendo una ilegalidad siempre y cuando te limites a reproducirla para tu propio disfrute, y sin ningún tipo de aspiración de negocio. Desde el momento que la copias en múltiples formatos y comienzas a venderla, tu labor deberá ser inevitablemente perseguida y castigada.

 

Uno de los casos particulares que más ha llamado la atención recientemente es el del grupo Russian Red, pseudónimo de Lourdes Hernández, cantante del grupo, que se decidió a grabar un vídeo casero en el que cantaba con look y actitud a medio camino entre el desenfado y la melancolía su tema de presentación, Cigarettes. Tras colgar su vídeo en la plataforma MySpace, experimentó un notable éxito que la ha llevado a realizar una gira de conciertos por todo el territorio nacional, y con expectativas de expansión a otros países.

Todo un acierto de reducidos costes publicitarios. Una chica que podría estar agotando su voz en el metro y que, sin embargo, ahora recorre multitud de ciudades expandiendo su melodía entre el circuito musical independiente, y con el apoyo de la crítica especializada. Además, la red le ha supuesto más posibilidades de publicitación gratuita mediante otras páginas web creadas por fans, que se han propuesto compartir el fenómeno a la vez que fomentan que su voz sea escuchada por un número de personas en imparable aumento.

En definitiva, la red dispone múltiples posibilidades que, por otra parte, ayudan a darse a conocer a aquellos que no tienen suficiente dinero para aparecer en todas partes y “comerse” al público apareciendo hasta en la sopa. El futuro queda en manos de los contenidos que sean capaces de generar los públicos, y de los usos de éstos que integren los medios.

La competición está servida, y siempre quedará un espacio para preguntarse si, en este mundo de acoso publicitario, la publicidad es sólo una necesidad, o es el fin de casi cualquier emprendimiento. ¿Acaso no se trata de vender una imagen, de ganar notoriedad, de resurgir de entre las cenizas de la mediocridad y el anonimato para hacerse escuchar, de ser recordado por algo? Pues sí, podría ser que así sea.