Archive for the ‘Cine’ Category

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Woody: cine y vida de espectáculo

mayo 6, 2009

Nadie puede negar que Woody Allen es uno de los personajes del mundo cinematográfico y de las artes en general que más ha influido en el siglo XX y lo que llevamos del XXI. Con un total de 44 películas en su filmografía, Woody, prolífico director donde los haya, ha logrado crear un estilo propio. Dotando a sus películas de unos diálogos que rozan lo sublime, y creando alguna de las escenas más divertidas y míticas de la historia del cine, Woody ha dejado detrás un enorme legado.

 Sin embargo, no parece cansado de trabajar. A sus 74 años, continúa adelante con su agotador ritmo de película al año. La última en estrenarse, Vicky Cristina Barcelona, ha logrado una enorme notoriedad en España, desde las primeras noticias del rodaje hasta su resultado final, que se materialió en forma de estatuilla dorada para Penélope Cruz en la pasada noche de los Oscar. Y es que allí por donde pase Woody Allen, la emoción está servida. Y, en muchos casos, también la polémica.

Todos sabemos que, al margen de ser un extraordinario director, actor y guionista de películas, Woody también ha copado medios en relación a su tumultuosa vida personal, que ha sido en numerosas ocasiones salpicada por el escándalo al más puro estilo de las situaciones delirantes a las que nos tiene acostumbrado con sus historias. Sin embargo, el último gran escándalo de Woody, comenzado a principios de los noventa, ha adquirido matices más serios que ahora vuelven en forma de proceso judicial.

Woody Allen ha estado casado en tres ocasiones, ello sin contar las sonadas relaciones que ha tenido con algunas de las habituales musas de su cine, especialmente Diane Keaton, con la que ha logrado con los años volver a tener relaciones cordiales, y Mia Farrow, con la que la cosa no acabó tan bien. En palabras de Allen, que siempre ha demostrado una enorme capacidad para reírse de todo con elegancia, “Algunos matrimonios acaban bien, otros duran toda la vida” o “Prefiero que me incineren a que me sepulten y ambas cosas a un fin de semana con mi mujer”.

En este sentido, la polémica ha vuelto a salpicar a este maestro del séptimo arte debido a la demanda presentada por Woody contra la compañía textil American Apparel, que utilizó el año pasado una imagen antigua del director para realizar vallas publicitarias, lógicamente sin contar con el permiso del director. Allen exige a la empresa un total de 10 millones de dólares, y esta, que se niega a pagar una cantidad tan grande de dinero, ha contratacado a Woody con la amenaza de publicar entresijos ocultos de su vida sexual.

Estos escándalos, como era de esperar, estarían relacionados con la traumática separación del director de la que sería su pareja a principios de los años noventa, la actriz Mia Farrow, y, más concretamente, con el inicio de una relación con la hija adoptiva de esta, la asiática Soon Yi-Previn. La última hora sobre el acaso sitúa a Allen intentando, a través de sus abogados, que no se involucre ni a Farrow ni a Soon Yi en el juicio contra la empresa textil, argumentando que “la posibilidad de llamar tales testigos al estrado demuestran el inequívoco intento de transformar este juicio en un espectáculo”.

En definitiva, cabe decir que, en numerosas ocasiones, los grandes nombres de la industria cinematográfica asisten al transformamiento de su vida privada en un espectáculo. Sometidos a la presión de los medios, muchos se ven obligados a andar con pies de plomo cada vez que permiten que los medios se enteren de algo, especialmente cuando es relativo a su vida amorosa, tan tradicionalmente truculenta en los alrededores de Hollywood. Por su parte, Woody, poco habituado a ponerse demasiado serio, afirmaba tajante al respecto de la polémica, hace más de diez años: “Acusarme de haber abusado de una niña es una estrategia muy típica en estos casos y suele dar buenos resultados”.

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Pasiones y desencuentros

abril 1, 2009

¿Qué ocurre exactamente con el cine español, que parece tener más detractores en su propia casa que fuera de ella? Considerado erróneamente un género cinematográfico, el cine español continúa generando multitud de polémica, como demuestran los revuelos que se forman ante los grandes estrenos de factura nacional.

Personalmente no he tenido todavía la ocasión de acercarme a las salas para ver “Los abrazos rotos”, la última película de Pedro Almodóvar, que, a pocos días de su estreno, ya se ha pegado un verdadero encontronazo con la crítica (española). Especialmente significativo ha resultado el caso de Carlos Boyero, que, el mismo día del estreno de la película, publicaría en El País una crítica de lo más despiadada que no sólo se dedicaba a destrozar cualquier tipo de interés por ver la película en el lector, sino que hacía un repaso a la carrera del director haciendo un no muy literario esfuerzo por desmitificarlo por completo.

Las frases más violentas se encuentran, precisamente, en los párrafos finales de su “crítica”:  “Y los sentimientos pretenden estar en carne viva, pero como si ves llover. Y lo que observas y lo que oyes te suena a satisfecho onanismo mental. Y no te crees nada, aunque el envoltorio del vacío intente ser solemne y de diseño. Y los intérpretes están inanes o lamentables. La única sensación que permanece de principio a fin es la del tedio. Y dices: todo esto, ¿para qué?”

Lo cierto es que, al margen de su evidente capacidad para ofender, y reconociendo que tampoco he sido nunca un gran fan del director manchego, me parece que escribir cosas como esta es pasarse un poco de la raya. No se trata de ser políticamente correcto a todas horas, y menos si eres crítico de cine, pero Boyero, con sus palabras, no puede evitar dejar al descubierto su implicación personal en lo que escribe, ya que no parece que analice, sino que juzgue impunemente.

 Todos sabemos que Almodóvar, pese a haber levantado muchas pasiones con su cine en España desde sus inicios como director, podría considerarse en este país un personaje amado y odiado a partes casi iguales. En el año 2005, sin ir más lejos, la polémica de la gala de los Goya se centró precisamente en su no asistencia, motivada por su abandono de la academia, junto a su hermano Agustín Almodóvar, producida en diciembre del año anterior.

 

Según argumentaron, no estaban en absoluto de acuerdo con el sistema de votación de los premios, modificado un par de años atrás, y, además, criticaron la “histórica falta de generosidad” que la academia española había tenido desde siempre con el realizador. “La mala educación“, con cuatro nominaciones, se había ido de vacío en la noche en la que había barrido los premios la película de Alejandro Amenábar, “Mar adentro”.

Personalmente, creo que existe una brutal diferencia cualitativa entre ambas obras, en favor de la película de Amenábar, y, además, no me sorprenden hechos como este debido a que, como es sabido por todos, la relación de Almodóvar con la Academia de Cine ha dado mucho de qué hablar en las últimas dos décadas.

En contraposición a la bofetada patria, la crítica internacional, históricamente más propensa a alabar la labor de Almodóvar que sus propios compañeros españoles, ha aplaudido de forma prácticamente unánime el nuevo trabajo del director. Así lo demostraba, por ejemplo, la revista Variety, que dedicaba el 23 de marzo un reportaje al estreno de la película, en el que la calificaba de “inquieta, francamente entretenida, y de un trato visual exquisito”.

 

En definitiva, el cine español, por mucho que cueste reconocerlo, goza de un prestigio internacional que ha ido en aumento en los últimos años. Esto se debe, precisamente, a la labor de muchos directores, entre los que destaca Pedro Almodóvar por su capacidad de exportar sus pasiones a una gran cantidad de países, convenciendo con sus historias y personajes plagados de secretos y recovecos emocionales a la crítica y el público. Al margen de que nos gusten o no sus películas, deberíamos, al menos, ser capaces de admirar esa capacidad de crear un lenguaje universal capaz de inspirar a gente de lugares tan lejanos del planeta.

Muchos hablarán eternamente de la crisis de nuestro cine. Dirán que que el cine ya no es lo que era, que no podemos competir contra las grandes producciones, que lo único que hacemos es intentar copiar a otros, y que encima lo hacemos mal…Sin embargo, si algo demuestran productos de directores como el que nos ocupa, es que aquí todavía tenemos muchas historias que contar, y muchas formas distintas de hacerlo. Además, y si algo nos ha demostrado el director, es que las más bajas pasiones desatan, de forma irremediable, otras pasiones que pueden llegar a ser aún más bajas.

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Crónica de una injusticia artística

marzo 24, 2009

Si algo demuestran cada año los meses previos a la celebración de la gala de los Oscar, es que los resultados de dicho certamen se encuentran siempre sujetos a todo tipo de sorpresas. Ni las encuestas, ni las opiniones de la crítica, ni la recaudación en taquilla, ni el revuelo que pueda levantar una determinada película, aun siendo fieles indicadores de su posterior éxito en el Kodak Theatre, pueden asegurar en último término un considerable número de estatuillas doradas en la gran noche del cine.

 

Los ejemplos abundan por todas partes en la historia de los Oscar, sin necesidad de irse muy lejos a buscarlos. En 2006, la historia de amor entre dos rudos vaqueros retratada magistralmente por Ang Lee, “Brokeback Mountain”, película que consiguió arrancar multitud de reacciones contrapuestas a lo largo y ancho del planeta, parecía la favorita indiscutible tras su arrollador triunfo en la noche de los Globos de Oro, la llamada antesala de los Oscar.

 Una notica de El País, con fecha del 17 de enero de ese mismo año -publicada tras conocerse la repartición de los “globos”-, así lo atestiguaba. Sin embargo, la noche del 5 de marzo, el tiempo pareció congelarse por unos instantes cuando Jack Nicholson, con un extraña expresión de decepción en su rostro, pronunciaba la palabra de la polémica: “Crash”.

La película de Paul Haggis, estrenada casi un año antes en Estados Unidos, había obtenido una victoria rumoreada en los pasillos, pero que pocos se habían atrevido siquiera a sugerir en voz alta. Con una diferencia de taquilla de más de 12 millones de dólares a favor de la película de Ang Lee, según datos de www.cineol.net, y después de haber levantado infinitas veces menos revuelo en la opinión pública -a pesar de tratar el conflicto racial en la ciudad de Los Ángeles-, Crash se alzó finalmente con la preciada estatuilla. Además, el apoyo de la crítica hacia la película de los vaqueros había sido prácticamente unánime hasta la noche de la entrega de premios, postura que, sin embargo, se vio relativizada tras el inesperado fracaso de la cinta.

 

Algo parecido había ocurrido el año anterior, cuando Scorcese pegó muchas vueltas en su butaca mientras Clint Eastwood le arrebataba uno a uno los premios que parecía tener tan cerca, llenando una vez más su estantería de premios con “Million Dollar Baby”, una película que se coló en las nominaciones en los últimos momentos, y que contaba con el firme apoyo de la crítica, algo que, particularmente, no he podido terminar de entender.

Esta última edición de los Oscar, en concreto la número 81 de la historia de los premios, no estuvo exenta de sorpresas. Sin embargo, algunos de los olvidos más sonados no esperaron a producirse la propia noche de la gala, sino que llegaron anteriormente, con el conocimiento de las nominaciones. A grandes rasgos, la producción que se dio con la puerta en las narices fue en este caso “Revolutionary Road”, cuarta película de Sam Mendes, aclamado director de la magnífica “American Beauty”.

Contando con una historia que diseccionaba dramática y magistralmente el tedio de una pareja de los años 50, con unas más que brillantes interpretaciones de Leonardo Dicapio y Kate Winslet, con un guión bien articulado y contenido, y unos secundarios de oro, esta película, una de las más esperadas del año, se tuvo que conformar con un total de tres nominaciones, de las que no ganó ninguna.

Muchas pueden haber sido las razones de un fracaso tan sonado como inesperado. Entre las más importantes, el poco respaldo que obtuvo la película por parte de la crítica, aunque esta no se mostrara en absoluto unánime, como demuestran algunas valoraciones tan entusiastas como la publicada en Notasdecine. Algunos dirán que es mala suerte, que son cosas que pasan, que Sam Mendes se encuentra prácticamente en el inicio de una carrera que empezó brillante, y que proporcionará joyas aún mayores.

 Otros, sin embargo, y entre los que me sitúo con absoluta convicción, hablarán de lo que ha sido una nueva  injusticia artística, producto de la ingenuidad del espectador, de los prejuicios y los falsos tópicos de los críticos que, una vez más, han conseguido calar en la decisión de los cada vez más perdidos votantes. En cualquier caso, y tal y como ha demostrado la historia del cine, el valor de una obra cinematográfica no se mide por el número de premios que recibe en primera instancia, sino por su capacidad para perdurar en el tiempo, llegando, de esta forma, a convertirse algún día en todo un clásico del séptimo arte.