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Pasiones y desencuentros

abril 1, 2009

¿Qué ocurre exactamente con el cine español, que parece tener más detractores en su propia casa que fuera de ella? Considerado erróneamente un género cinematográfico, el cine español continúa generando multitud de polémica, como demuestran los revuelos que se forman ante los grandes estrenos de factura nacional.

Personalmente no he tenido todavía la ocasión de acercarme a las salas para ver “Los abrazos rotos”, la última película de Pedro Almodóvar, que, a pocos días de su estreno, ya se ha pegado un verdadero encontronazo con la crítica (española). Especialmente significativo ha resultado el caso de Carlos Boyero, que, el mismo día del estreno de la película, publicaría en El País una crítica de lo más despiadada que no sólo se dedicaba a destrozar cualquier tipo de interés por ver la película en el lector, sino que hacía un repaso a la carrera del director haciendo un no muy literario esfuerzo por desmitificarlo por completo.

Las frases más violentas se encuentran, precisamente, en los párrafos finales de su “crítica”:  “Y los sentimientos pretenden estar en carne viva, pero como si ves llover. Y lo que observas y lo que oyes te suena a satisfecho onanismo mental. Y no te crees nada, aunque el envoltorio del vacío intente ser solemne y de diseño. Y los intérpretes están inanes o lamentables. La única sensación que permanece de principio a fin es la del tedio. Y dices: todo esto, ¿para qué?”

Lo cierto es que, al margen de su evidente capacidad para ofender, y reconociendo que tampoco he sido nunca un gran fan del director manchego, me parece que escribir cosas como esta es pasarse un poco de la raya. No se trata de ser políticamente correcto a todas horas, y menos si eres crítico de cine, pero Boyero, con sus palabras, no puede evitar dejar al descubierto su implicación personal en lo que escribe, ya que no parece que analice, sino que juzgue impunemente.

 Todos sabemos que Almodóvar, pese a haber levantado muchas pasiones con su cine en España desde sus inicios como director, podría considerarse en este país un personaje amado y odiado a partes casi iguales. En el año 2005, sin ir más lejos, la polémica de la gala de los Goya se centró precisamente en su no asistencia, motivada por su abandono de la academia, junto a su hermano Agustín Almodóvar, producida en diciembre del año anterior.

 

Según argumentaron, no estaban en absoluto de acuerdo con el sistema de votación de los premios, modificado un par de años atrás, y, además, criticaron la “histórica falta de generosidad” que la academia española había tenido desde siempre con el realizador. “La mala educación“, con cuatro nominaciones, se había ido de vacío en la noche en la que había barrido los premios la película de Alejandro Amenábar, “Mar adentro”.

Personalmente, creo que existe una brutal diferencia cualitativa entre ambas obras, en favor de la película de Amenábar, y, además, no me sorprenden hechos como este debido a que, como es sabido por todos, la relación de Almodóvar con la Academia de Cine ha dado mucho de qué hablar en las últimas dos décadas.

En contraposición a la bofetada patria, la crítica internacional, históricamente más propensa a alabar la labor de Almodóvar que sus propios compañeros españoles, ha aplaudido de forma prácticamente unánime el nuevo trabajo del director. Así lo demostraba, por ejemplo, la revista Variety, que dedicaba el 23 de marzo un reportaje al estreno de la película, en el que la calificaba de “inquieta, francamente entretenida, y de un trato visual exquisito”.

 

En definitiva, el cine español, por mucho que cueste reconocerlo, goza de un prestigio internacional que ha ido en aumento en los últimos años. Esto se debe, precisamente, a la labor de muchos directores, entre los que destaca Pedro Almodóvar por su capacidad de exportar sus pasiones a una gran cantidad de países, convenciendo con sus historias y personajes plagados de secretos y recovecos emocionales a la crítica y el público. Al margen de que nos gusten o no sus películas, deberíamos, al menos, ser capaces de admirar esa capacidad de crear un lenguaje universal capaz de inspirar a gente de lugares tan lejanos del planeta.

Muchos hablarán eternamente de la crisis de nuestro cine. Dirán que que el cine ya no es lo que era, que no podemos competir contra las grandes producciones, que lo único que hacemos es intentar copiar a otros, y que encima lo hacemos mal…Sin embargo, si algo demuestran productos de directores como el que nos ocupa, es que aquí todavía tenemos muchas historias que contar, y muchas formas distintas de hacerlo. Además, y si algo nos ha demostrado el director, es que las más bajas pasiones desatan, de forma irremediable, otras pasiones que pueden llegar a ser aún más bajas.

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