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Crónica de una injusticia artística

marzo 24, 2009

Si algo demuestran cada año los meses previos a la celebración de la gala de los Oscar, es que los resultados de dicho certamen se encuentran siempre sujetos a todo tipo de sorpresas. Ni las encuestas, ni las opiniones de la crítica, ni la recaudación en taquilla, ni el revuelo que pueda levantar una determinada película, aun siendo fieles indicadores de su posterior éxito en el Kodak Theatre, pueden asegurar en último término un considerable número de estatuillas doradas en la gran noche del cine.

 

Los ejemplos abundan por todas partes en la historia de los Oscar, sin necesidad de irse muy lejos a buscarlos. En 2006, la historia de amor entre dos rudos vaqueros retratada magistralmente por Ang Lee, “Brokeback Mountain”, película que consiguió arrancar multitud de reacciones contrapuestas a lo largo y ancho del planeta, parecía la favorita indiscutible tras su arrollador triunfo en la noche de los Globos de Oro, la llamada antesala de los Oscar.

 Una notica de El País, con fecha del 17 de enero de ese mismo año -publicada tras conocerse la repartición de los “globos”-, así lo atestiguaba. Sin embargo, la noche del 5 de marzo, el tiempo pareció congelarse por unos instantes cuando Jack Nicholson, con un extraña expresión de decepción en su rostro, pronunciaba la palabra de la polémica: “Crash”.

La película de Paul Haggis, estrenada casi un año antes en Estados Unidos, había obtenido una victoria rumoreada en los pasillos, pero que pocos se habían atrevido siquiera a sugerir en voz alta. Con una diferencia de taquilla de más de 12 millones de dólares a favor de la película de Ang Lee, según datos de www.cineol.net, y después de haber levantado infinitas veces menos revuelo en la opinión pública -a pesar de tratar el conflicto racial en la ciudad de Los Ángeles-, Crash se alzó finalmente con la preciada estatuilla. Además, el apoyo de la crítica hacia la película de los vaqueros había sido prácticamente unánime hasta la noche de la entrega de premios, postura que, sin embargo, se vio relativizada tras el inesperado fracaso de la cinta.

 

Algo parecido había ocurrido el año anterior, cuando Scorcese pegó muchas vueltas en su butaca mientras Clint Eastwood le arrebataba uno a uno los premios que parecía tener tan cerca, llenando una vez más su estantería de premios con “Million Dollar Baby”, una película que se coló en las nominaciones en los últimos momentos, y que contaba con el firme apoyo de la crítica, algo que, particularmente, no he podido terminar de entender.

Esta última edición de los Oscar, en concreto la número 81 de la historia de los premios, no estuvo exenta de sorpresas. Sin embargo, algunos de los olvidos más sonados no esperaron a producirse la propia noche de la gala, sino que llegaron anteriormente, con el conocimiento de las nominaciones. A grandes rasgos, la producción que se dio con la puerta en las narices fue en este caso “Revolutionary Road”, cuarta película de Sam Mendes, aclamado director de la magnífica “American Beauty”.

Contando con una historia que diseccionaba dramática y magistralmente el tedio de una pareja de los años 50, con unas más que brillantes interpretaciones de Leonardo Dicapio y Kate Winslet, con un guión bien articulado y contenido, y unos secundarios de oro, esta película, una de las más esperadas del año, se tuvo que conformar con un total de tres nominaciones, de las que no ganó ninguna.

Muchas pueden haber sido las razones de un fracaso tan sonado como inesperado. Entre las más importantes, el poco respaldo que obtuvo la película por parte de la crítica, aunque esta no se mostrara en absoluto unánime, como demuestran algunas valoraciones tan entusiastas como la publicada en Notasdecine. Algunos dirán que es mala suerte, que son cosas que pasan, que Sam Mendes se encuentra prácticamente en el inicio de una carrera que empezó brillante, y que proporcionará joyas aún mayores.

 Otros, sin embargo, y entre los que me sitúo con absoluta convicción, hablarán de lo que ha sido una nueva  injusticia artística, producto de la ingenuidad del espectador, de los prejuicios y los falsos tópicos de los críticos que, una vez más, han conseguido calar en la decisión de los cada vez más perdidos votantes. En cualquier caso, y tal y como ha demostrado la historia del cine, el valor de una obra cinematográfica no se mide por el número de premios que recibe en primera instancia, sino por su capacidad para perdurar en el tiempo, llegando, de esta forma, a convertirse algún día en todo un clásico del séptimo arte.

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